RRetos HHumanos. Artículo publicado en el Correo de Andalucia (14 de noviembre de 2021)

EL REPORTAJE LITERARIO

Un artículo de Álvaro Romero Bernal

Hacer literatura en tiempos de pandemia

La editorial Kolima vuelve a apostar por los relatos encadenados de Manuel Pozo, el ideólogo de aquella aventura literaria comenzada en 2015 en la que una docena de directivos de Recursos Humanos jugaron a convertir su trabajo en ficción. Ahora llega la tercera parte en Green Technology, con el COVID de por medio.

29 El público

El último trabajo literario del militar y escritor Manuel Pozo Gómez, afincado en Madrid y de profundas raíces sevillanas, se titula RRetos HHumanos, así, con doble erre y doble hache, pues el guiño hace referencia al controvertido oficio del directivo de Recursos Humanos en las empresas, aquí representado en la figura transversal y tan querida de Irene Díaz de Otazu, la directora del departamento de Recursos Humanos de la empresa Green Technology, que, aunque se dedica a la creación de videojuegos, en la trilogía de Pozo funciona más bien como una plataforma en la que, desde la literatura, cincelar a unos trabajadores de los más diversos ámbitos y las más variadas condiciones aunque todos tengan en común esa singular característica de ser personas. Seres humanos al fin y al cabo. Y ahí radica el interés de la saga y el reto de convertir en literatura de personajes unos ingredientes, en principio, tan poco literarios: el mundo empresarial, el de los fríos directivos, las cuentas corrientes, las reuniones, los despidos, los ERTES y los ERES, las horas extras, las subidas o bajadas de sueldos, en fin, todo ese mundo tan gris y tan real que no tan fácilmente a alguien podría habérsele ocurrido literaturizar.

A Manuel Pozo, licenciado en Filología Germánica y autor de un delicioso libro de relatos titulado Violeta sabe a café, no solo se le ocurrió en la década pasada, sino que consiguió coordinar a un nutrido grupo de gente que poco tenía que ver con las letras y ponerlos a escribir. Casi todos venían del mundo de la ingeniería, de los recursos humanos, de la informática, del derecho o de la empresa, aunque algunos al menos eran periodistas, sociólogos o psicólogos. Dio igual, porque la idea, desde el principio, fue rizar el rizo de un relato colectivo en el que cada uno de los cuentos fuera independiente y a la vez tuviera que ver con los demás, con la trama común de la gran empresa de videojuegos y los grandes traumas de los Recursos Humanos para hacerla avanzar en una sociedad cada más difícil sin olvidarse de la gente de carne y hueso que trabaja en ella. El resultado, en estos últimos seis años, han sido tres libros concatenados: RRelatos Humanos en 2015; RRetratos HHumanos, en 2019; y RRetos HHumanos ahora. El propio Pozo escribe uno de los doce relatos, pero se hace acompañar por Juan Antonio Esteban, Luis Expósito, Rosa Allegue, Aurora Herráiz, Astrid Nilsen, Tomás Otero, Lorenzo Rivarés, Enrique Rodríguez, Julio Rodríguez, Beatriz Soriano y Juanjo Valle-Inclán. El equipo, cada cual con su estilo, sus obsesiones y sus trozos de vida reales, ha dado la talla en esta nueva obra colectiva que focaliza estos tiempos de pandemia que ahora parecen empezar a formar parte del pasado.

Recursos o activos

El autor del prólogo de esta tercera entrega es Antonio Garrigues Walker, el presidente de honor del bufete que lleva su nombre y presidente de honor de España con ACNUR. “Sugiero, con otros que lo han hecho antes, eliminar la palabra recursos y sustituirla por activos, o cualquiera otra mejor que dignifique a los trabajadores y su función en la empresa”, dice, y añade: “Y ya puestos, seguir perfeccionando las medidas para humanizar el trabajo y no darnos ningún descanso en esa tarea decisiva”.

En rigor, ese es el objetivo de estos libros humanizadores de los llamados recursos humanos e incluso de los directivos que se encargan de su gestión, siempre vistos como auténticos tiburones deshumanizados que ni sienten ni padecen delante de una cuadriculada tabla en la pantalla de sus portátiles. No somos así, parece gritar desde el fondo de su propio personaje Irene Díaz de Otazu, “que con el paso del tiempo y de tres libros se ha vuelto más sensible y más humana, aunque también se ha ganado unos cuantos detractores”, avisa Pozo en la introducción, donde aclara que el libro está dedicado a la esposa del primer escritor que firma el primero de los relatos, La distancia. Juan Antonio Esteban, en la ficción, cambia de rol y, convertido en narradora, hace que el enfermo repentino sea su marido, Mario, al que se llevan a la UCI mientras ella se encarga de gestionar, desde el doble distanciamiento que le imponen el coronavirus y su desconocimiento, la empresa de artes gráficas reconvertida a lo digital que había heredado su marido y que, en aquellos tiempos difíciles, recaía en Juan Fran, su mano derecha y en la práctica directivo de Recursos Humanos que a ella misma, trabajadora de Green Technology, le abre la mirada a otra manera de hacer las cosas. “No te preocupes mucho por no conocer el negocio”, le dirá Juan Fran mientras su marido está en el hospital y ella se desvive por no tener el don de la ubicuidad. “En el fondo, da igual que imprimas carteles para saraos de la farándula o que vendas naranjas. Lo que hace funcionar a los negocios son las personas. Trata de hacer que estén a gusto y lo demás vendrá solo”. Otra vez la clave del libro, del proyecto.

Retazos humanos

Hay un relato que sobresale por encima de la mayoría que es el titulado Retazos Humanos, de Lorenzo Rivarés, doctor en Psicología Industrial e investigador en la Universidad de Salamanca en ámbito de los RRHH. Realmente conmueve y escuece la historia del becario mexicano sin piernas al que su madre embarca hacia España para que no caiga en la tentación del narcotráfico. La relación del mexicano en silla de ruedas con uno de los crueles directivos de Green Technology para conseguir hacer un anuncio de publicidad institucional que venda la imagen de empresa humanizada porque ha acogido a un latino discapacitado entre sus filas es verdaderamente vertiginosa.

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Algunos de los autores con el autor del prólogo, Antonio Garrigues Walker

El libro y sus historias se van diversificando, siempre con Irene Díaz de Otazu y la pandemia en el trasfondo de todo. El confinamiento insufrible a ratos, el omnipresente desinfectante, las mascarillas, la distancia de seguridad entre personajes que se habituaron o no a teletrabajar, como nosotros, hacen que la historia colectiva avance sin renunciar a esas calas en la vida de personajes a veces oscuros por un pasado que machacaron en el desván de sus propios corazones, como es el caso de María, la chica huérfana que encuentra una oportunidad en las reuniones telemáticas para demostrar todo su talento a pesar de verse en el precipicio de una depresión, del alcoholismo y del abandono más absoluto por saberse ignorada, hasta que le dan la oportunidad de su vida y ella tomo impulso desde el pequeño loft en el que malvive en soledad para reconstruirse una vida nueva.

La injusticia con los mayores

Es el propio Pozo quien firma “Sourire, toujours sourire”, el relato que toma por título una canción Joséphine Backer y que nos abre de lleno aquella misma ventana del recuerdo por la que todos aplaudíamos a las ocho de la tarde. ¿Quién no se acuerda ahora? A través de esa ventana nocturna al principio y luminosa y llena de vecinos cuando cambiaron la hora, el narrador nos introduce de nuevo en su trabajo de la ficción en Green Technology pero con las verdades de su madre ingresada en un hospital y los consiguientes contagios por COVID, incluido el suyo propio, confinado y atormentado por la soledad de unos mayores precisamente construidos en la peor de las épocas, nacidos en el desamparo de la guerra civil. “Es una vergüenza que llevemos a los mayores a una residencia. Les engañamos diciendo que allí van a estar mejor, cuando en realidad los que estamos mejor somos nosotros. Ellos no lo habrían hecho nunca”, dice el narrador. Y esa declaración abre la veda para que otros personajes, como la propia Irene, disparen verdades incómodas: “Encima las residencias valen un pastón. Les sacamos a los abuelos últimos ahorros, lo que han reuniendo durito a durito, como hormiguitas, durante toda su vida. Y ahora esta sociedad que ellos han levantado no es capaz de darles un retiro digno, les niega una pensión decente y les cobra un riñón por unos servicios que deberían ser gratuitos. Además, no somos capaces de mantener esas residencias en condiciones higiénicas decentes para que no venga un puto virus y se los cargue como a chinches en mes y medio”.

También “El hada del vergel”, de Aurora Herráiz, o “Todos los hombres que fui”, de Julio Rodríguez, suponen un claro homenaje a la generación que tiene ahora alrededor de ochenta años. “El problema eléctrico”, de Tomás Otero, incide en las posibilidades tecnológicas que ha abierto esta nueva etapa inaugurada por la pandemia y en la necesidad de encontrar nuevas perspectivas y personas que permitan desbloquear los problemas y las relaciones estancadas.

Pero si hay un relato que contiene un verdadero ejemplo de superación personal que ha sorprendido al propio coordinador y probablemente a cada lector ese es el de Rosa Allegue, titulado “Una de las ocho”, sobre una protagonista enfrentada, también en plena pandemia, al calvario de un cáncer de mama. No se lo pierdan ninguna de las dos veces que, como mínimo, lo van a tener que leer.

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